BATMAN: AÑO UNO, de Frank Miller y David Mazzucchelli

Estándar

Edición original: Batman # 404-407 (1987); DC Comics.
Edición España: Batman # 1: Coleccionable Semanal; Planeta DeAgostini Cómics.
Guión: Frank Miller.
Dibujo y entintado: David Mazzucchelli.
Color: Richmond Lewis.
Formato: tomo de 96 págs.
Precio: 1 €.

A estas alturas resulta una obviedad decir que Batman: Año Uno es una obra maestra. Pero no por obvio resulta menos cierto. Además del pilar sobre el que sustentaría gran parte de la mitología moderna del Hombre Murciélago, y un referente de proporciones casi míticas para varias generaciones de artistas y lectores, esta obra supone la reivindicación de los cómics de superhéroes como un campo donde, más allá de las limitaciones y convencionalismos inherentes a todo género, poder desarrollar historias que conjuguen entretenimiento, diversión, y un innegable valor artístico, todo ello abordado desde un punto de vista serio y, en la medida de lo posible, realista. Pero Año Uno también representa la demostración empírica de la fórmula, pocas veces llevada a la práctica, según la cual el resultado final es mayor que la suma de las partes. Y si tenemos en cuenta que en este caso las partes en juego son Frank Miller y David Mazzucchelli, podemos hacernos una idea del nivel que ambos mostraron en este cómic, no en vano estamos ante dos auténticos genios del noveno arte que a su talento e inspiración habituales aportaron un plus adicional que derivó en una colaboración tan armónica como memorable.

SINOPSIS: “Un Bruce Wayne veinteañero regresa a Gotham City tras completar un intenso periodo de entrenamiento alrededor del mundo. En su mente ronda la idea de honrar la memoria de sus padres luchando contra el crimen, para lo cual terminará adoptando una identidad inspirada en su más profundos temores. Simultáneamente, el teniente de policía James Gordon se traslada a la misma ciudad con la intención de demostrarse a sí mismo, y a sus superiores, que está más que capacitado para ejercer su cargo. Sin embargo, tendrá que lidiar con corruptos representantes de los diversos estamentos de Gotham, y compaginar su frenética rutina laboral con su vida familiar.”

La estructura queda clara desde las primeras páginas: mediante un juego de paralelismos propuesto por los autores, el lector acompaña a Bruce Wayne y James Gordon a lo largo de 12 meses, mientras ambos se labran un futuro en sus respectivas ocupaciones. Bien podría decirse que se trata de la historia de dos hombres y un destino, pues pese a variar en la elección de los métodos a aplicar, comparten un mismo objetivo final: acabar con el crimen en Gotham. Mientras Wayne encontró en el fallecimiento de sus padres el hecho detonante y la motivación necesaria para ajusticiar criminales, Gordon trata de reivindicarse profesionalmente, así como contribuir a que el mundo que le rodea sea un lugar mejor para su futura hija. Ambos comparten un férreo sentido de la justicia, de la responsabilidad, el deber, y el honor, virtudes poco comunes en una ciudad en decadencia donde proliferan el crimen y la corrupción. Pero estamos ante dos héroes dispuestos a marcar la diferencia, y aunque en su cruzada se toparán con individuos de la peor calaña dipuestos a echar por tierra sus planes (el Detective Flass, el Comisario Loeb, o Carmine Falcone), encontrarán apoyo necesario en personajes como Alfred, sempiterno mayordomo de la familia Wayne, el entusiasta fiscal del distrito Harvey Dent, o la sugerente Detective Sarah Essen.

Fluida, sutil y precisa. Así es la narración de este Año Uno, donde cada página ejemplifica un dominio apabullante de los resortes del medio por parte de sus autores. Frank Miller parte de un esquema propio de una historia de género negro o policíaco, potenciando los tintes realistas para lograr humanizar a los protagonistas, y de paso empatizar con el lector. Gordon y Wayne sienten, sufren y padecen. Se equivocan, rectifican y aprenden de sus errores. Sus motivaciones y reacciones, así como las situaciones en las que se ven envueltos resultan tan creíbles como razonables, dotando a la obra de una coherencia interna poco habitual, y a los peronajes de una lograda tridimensionalidad. La trama, perfectamente estructurada, transcurre con un ritmo envidiable, manteniendo en todo momento la atención del lector, sin que su interés sufra ningún tipo de altibajo. En cuanto a los diálogos, están a la altura del resto de la obra, logrando captar en apenas un par de viñetas los rasgos definitorios y diferenciadores de cada personaje.

En lo que a David Mazzucchelli se refiere, pocas dudas caben de que estamos ante uno de sus mejores trabajos. Ya había dado muestras significativas de su talento en obras como Daredevil: Born Again, también con guiones de Frank Miller, La Ciudad de Cristal, adaptación del relato homónimo de Paul Auster, o las más personales Hombre Grande o Discovering America (publicadas en España por El Wendigo). Pero en Batman: Año Uno realiza un asombroso despliegue de recursos: con un estilo realista como base, encuentra el equilibrio perfecto entre la profusión de detalles y la economía de líneas y trazos, mostrando una habilidad para la composición de página y el sentido del ritmo que roza la perfección. Su visión del “Caballero Oscuro” (antaño conocido por estos lares como “El Señor de la Noche”) parece estar claramente inspirada en las más clásicas versiones del personaje, captando su esencia primigenia hasta plasmarla de forma sobria y discreta, imprimiéndole el aura de misterio y respetabilidad necesaria. La opción de recurrir a tonos más oscuros (grises y negros, únicamente) para el traje del “Hombre Murciélago” resulta todo un acierto, dotando al alter ego de Bruce Wayne de un aire tan elegante como aterrador, idóneo para infundir una sensación de respetabilidad, misterio y terror sobre los criminales.

El colorista Richmond Lewis raya a gran nivel, empleando una paleta en la que predominan los tonos oscuros (como suele ser habitual en los cómics protagonizados por el más famoso de los “gothamitas”), complementándose a la perfección con el estilo de Mazzucchelli, y contribuyendo de forma decisiva a la sensación de realismo que impregna la obra.

Como comentábamos en líneas precedentes, la influencia de esta obra es innegable en muchos autores contemporáneos, pues además de haber marcado una tendencia sobreexplotada de reformular los orígenes de los más diversos personajes de DC Comics, (Robin: Año Uno, Batgirl: Año Uno, JLA: Año Uno, Nightwing: Año Uno, etc…), algunos de los personajes y situaciones planteadas enriquecieron la continuidad de Batman, al ser desarrollados con posterioridad en diversos proyectos, como los muy recomendables El Largo Halloween, Dark Victory o Catwoman: si vas a Roma…, donde se profundizaba en la figura de Carmine Falcone. A su vez, cabe comentar como curiosidad que este cómic tuvo su correspondiente secuela titulada, como no, Batman: Años Dos, realizada por Mike W. Barr, Alan Davis, Paul Neary, o Todd McFarlane, entre otros. El resultado, sonrojante hasta para los más entusiastas seguidores del personaje, derivando de su lectura una inevitable sensación de que bien habrían hecho obviando toda pretensión de relacionar de cualquier modo ambas obras, por resultar un atentado contra el buen gusto.

A su vez, gran parte del metraje de la excelente película Batman Begins, del siempre interesante Christopher Nolan (Memento, Insomnia, El Truco Final: El Prestigio) encuentra inspiración en este cómic, propiciando una brillante adaptación, por momentos casi traducción, del noveno al séptimo arte.

Ya han transcurrido veinte años desde su publicación, y la lectura de Batman: Año Uno continua siendo tan fresca, sugerente y satisfactoria como el primer día, ejemplo paradigmático de una década mágica para el cómic norteamericano. De obligada compra y lectura para todo buen aficionado al mundo del cómic que se precie.

Un saludo y hasta pronto! (eso espero)

Anuncios

%£&¢@?!# memes

Estándar

Maldita costumbre la de los memes, y maldito el individuo que tuvo la gran idea de invertir su tiempo libre (seguro que era un hombre desocupado) en comenzar estas molestas cadenas virtuales.

En esta ocasión, le debo el honor de participar en este ocurrente jueguecillo a mi buen amigo IvaNn Díaz, a quien la próxima vez que tenga la ocasión de verlo en persona, le obsequiaré con una sonora colleja por acordarse de mí para estos menesteres. Sin más dilaciones, entremos en materia:

El juego, consiste en:

1. Coge el libro más cercano que tengas, estés donde estés.

2. Lo abres por la página 123.

3. Buscas la quinta frase (que no línea).

4. Y escribes las 3 frases que le sigan en tu blog.

5. Por último nominas a cinco personas para que hagan este juego.

Aparte de que les proporcionará un chivo expiatorio por si deciden devolver a los niños.

No te molestes tratando de rastrear la identidad de este email. Nunca ha existido ya.

Del libro “La Sombra del Hegemón”, de Orson Scott Card.

¡Jejejeje! breves, escuetas, cortas, secas, contundentes….curiosa coincidencia, ¿verdad? Los astros se han aliado conmigo para evitar que tenga que perder demasiado tiempo copiando demasiadas líneas, lo cual es de agradecer.

En fin… por supuesto, voy a compartir esta pesada carga con 5 incautos que son…. Pedro, Refo, Laintxo, Borja y Bonache.

Un saludo y hasta pronto! (eso espero)

¿Marvel o DC?, esa absurda dicotomía…

Estándar

…o “Cronología de una pasión desmedida por el 9º Arte”

“¿Los Rolling Stones o los Beatles?, ¿Coca-Cola o Pepsi?, ¿Nesquik o Cola-Cao?, ¿Barça o Real Madrid?, ¿rubias o morenas?, ¿letras o ciencias?” Desde nuestra más tierna infancia, numerosos convencionalismos sociales, e imperativos de orden cuasicategórico nos empujan a una inevitable y agotadora sucesión de elecciones que, si bien es cierto que en determinados supuestos está más que justificada por el carácter irreconciliable de las opciones barajadas, no en menos ocasiones propicia decisiones de corte tan sesgado como injusto. ¿Porqué contentarse con los blancos y los negros, teniendo a nuestro alcance gamas cromáticas que nos ofrecen una variedad casi infinita de tonalidades? Saludable ejercicio sería el de recapacitar acerca de este extremo, decantándonos por la conjunción en detrimento de la alternancia más a menudo de lo que lo hacemos, para de este modo comprobar la veracidad de la máxima “En la variedad está el gusto”.

Leyendo las líneas precedentes no es difícil deducir que servidor está divagando, y que lejos estoy de la plenitud de mis facultades, y es que esto del insomnio inesperado sienta terriblemente mal (echémosle la culpa a Spanair o, siendo benévolos, a las condiciones meteorológicas), más aún si cuando escribo estas líneas el calendario marca un mayúsculo e intimidatorio LUNES, precedido por un fin de semana que, como viene siendo costumbre, ha sabido a poco. De modo que no estaría de más que toda aseveración realizada en este estado de semiinconsciencia fuera puesta en cuarentena por los pocos, pero osados y valientes, habituales de esta bitácora.

Retomando el hilo, circunscribiré el difuso debate inicial al mundo de los cómics en general, y a mi experiencia personal como lector, en particular. Desde los inicios de mi afición por el mundillo, mis predilecciones siempre se han decantado por los tebeos publicados por la llamada “Casa de las Ideas”. No es de extrañar, si tenemos en cuenta que durante mi desarrollo como consumidor de historietas, me fogueé con títulos tan representativos como Los 4 Fantásticos de John Byrne y el Daredevil, de Frank Miller, La Muerte del Capitán Marvel, de Jim Starlin, y por encima de todos, La Patrulla-X de Chris Claremont, John Byrne, Paul Smith, y compañía, colección que propiciaría que mi afición se convirtiera en pasión. Por el camino, disfruté de forma más esporádica con aventuras de Spiderman, Los Vengadores, el Factor-X de Louise y Walter Simonson, y demás títulos marvelitas. Suficientes razones que, sumadas a la irregular edición es España de los cómics DC propiciaron que me decantara casi en exclusiva por los cómics Marvel (contando con ilustres y eventuales excepciones, como Batman y, sobre todo, Los Nuevos Titanes de Marv Wolfman y George Pérez).

Con la llegada de los nefastos años noventa el panorama cambió, habida cuenta de los importantes cambios que sacudieron la industria. Durante esta década, la calidad de gran parte de los cómics “mainstream” brillaba por su ausencia: los dibujantes mas “cool” abandonaron el cobijo propiciado por las grandes editoriales para lanzarse a un desenfreno empresarial, camuflado bajo el brillo cegador de las portadas holográficas, y unas páginas interiores que representaban un vigoroso e insistente homenajeaban al mal gusto. Un par de números de un par de colecciones fue mi escasa aportación a las arcas de Todd McFarlane y compañía.

Con esta década también llegó la tímida insinuación de que Chris Claremont, lejos de ser un semidios, era humano. Sus guiones ya no rezumaban la fantasía, clase y saber hacer de antaño, y por momentos daba la sensación de no tener nada más que contar en la franquicia mutante (por aquel entonces ignoraba que unos años más tarde, la situación empeoraría drásticamente). Franquicia que por cierto, durante esta época, vio multiplicados sus títulos de forma realmente significativa. A título personal, estos años supusieron mi primer contacto con los crossovers masivos, como fueron el caso de Inferno, La Canción del Verdugo y La Era del Apocalipsis. No fueron memorables, pero al menos cumplieron con lo mínimo exigible a un evento de estas características. Consecuencia más directa: un significativo incremento, letal para mi delicado presupuesto, del gasto mensual en cómics. Durante estos añas también tuve la fortuna de descubrir los trabajos firmados por el más alternativo Frank Miller, como puede ser el caso de Ronin y Sin City, y de más genial Alan Moore, autor de dos de los clásico entre los clásicos: V de Vendetta y Watchmen.

Con la llegada del nuevo siglo, y la “madurez” (así, entre comillas) proporcionada por la acumulación de experiencia como lector, llegó la apertura de horizontes. Más colecciones Vertigo (The Sandman, Hellblazer, Fábulas, Y, El Último Hombre,…), incursiones en obras de un tono completamente diferente al que acostumbraba frecuentar (Maus), y finalmente… el desconcierto provocado por la sucesión de carambolas que propiciaron el baile de derechos de publicación de cómics norteamericanos en España (Planeta -Panini – Norma). A este respecto cabe comentar que, si bien es cierto que desde entonces el bolsillo sufre como nunca, no menos cierto es que como lector, es una gozada poder disfrutar de una oferta tan variada de títulos, colecciones y editoriales, lo cual ha conllevado la publicación de material que, de otro modo, probablemente no habría visto la luz en España.

El cambio más significativo en mi rutina comiquera ha sido el redescubrimiento del Universo DC. Con tantos años como lector incondicional de Marvel, la fuerte apuesta de Planeta DeAgostini Cómics por la publicación de las más variadas series de la “Distinguida Competencia”, ha supuesto todo un soplo de aire fresco, tremendamente necesario en un momento en el que disfrutar de mi género preferido (si, soy “pijamero” de toda la vida, lo reconozco), se había convertido en un triste ejercicio de inercia sentimental. Batman, The Flash, Green Lantern, Green Arrow, Catwoman, Jóvenes Titanes, Clásicos Dc: Nuevos Titanes, Hellblazer, 100 Balas, Transmetropolitan… se han convertido en razones de peso que, esgrimidas con cadencia mensual, reafirman la pasión que siento por este medio.

Pero a esto habría que sumar la reciente o inminente publicación de títulos Marvel realmente atractivos, como el volumen 2 de The Ultimates, el X-Factor de Peter David y Ryan Sook, X-Men: Génesis Mortal, o las etapas de Ed Brubaker y Billy Tan en La Patrulla-X, y Mike Carey y Chris Bachalo al frente de X-Men. ¿Tal vez en un futuro próximo podremos disfrutar del Irredimible Hombre Hormiga de Kirkman? ¿o de Nextwave, de Warren Ellis y Stuart Immonen?

¿Alguien da más? La recuperación del mejor material de la línea Wildstorm, y ABC Comics por Norma, la continuación de Strangers in Paradise y Concrete, la aparición de nuevas editoriales como Kraken, que posibilitarán la publicación de clásicos del cómic británico procedentes de la mítica cabecera 2000AD, nuevas aventuras de Mark Grayson, alias Invencible, cortesía de Aleta Ediciones, editorial que también nos ofrcerá una 2ª edición de la Línea Bonelli (Nathan Never, Dylan Dog y Martín Mystère); más entregas de ese cómic tan especial titulado Jack Staff (Recerca Editorial), nuevos tomos de Usagi Yojimbo, la continuación de las road-movies post-apocalíptica narradas en Los Muertos Vivientes e Y, El Último Hombre…Y quién sabe…¡tal vez hasta me atreva con el manga y la BD!

Formularé de nuevo la pregunta ¿Marvel o DC? Mi respuesta: Las dos. Y muchas más. Cuanta más mejor. Lo importante es no cerrarse, estar abierto a nuevos personajes, historias y autores. Porque tal vez ahí fuera, en las estanterías de nuestras librerías especializadas habituales, hay un cómic esperando a abrirnos los ojos, dispuesto a demostrarnos que nuestros prejuicios estaban totalmente infundados, dispuestos a dejar constancia una vez más una vez más de la amplia variedad de géneros, autores y estilos que hacen de los cómics, los tebeos, o las historietas, un medio de expresión artística tan válido, respetable y enriquecedor como el que más. Y es que, aunque este artículo sería digno del mismísimo Perogruyo, no podría terminarlo sin tomarme la libertad de alterar los versos firmados en su día por Mick Jagger, para expresar la misma idea aplicada a un ámbito cultural diferente…

Sé que son sólo cómics…¡pero me gustan!

Un saludo y hasta pronto! (eso espero)

PD: respondiendo las preguntas formuladas en las primeras líneas de este escrito, diré que “The Rolling Stones, Coca-Cola, Nesquik, Barça, rubias y letras”. Aunque no necesariamente por ese orden. : )